Albarracín (Teruel)


En Santa María de Albarracín tomaban posada,

espolean cuanto pueden los infantes de Carrión,
ya están en Molina con el moro Abengalbón
(Versos 2645 y ss. CMC)

Conocida como Santa María de Oriente antes de la invasión musulmana, fue posteriormente el asentamiento de un grupo bereber de la tribu de los Ibn-Racin. Tras la desaparición del califato, Albarracín se independizó como taifa en el siglo XI; con la llegada de los almorávides pasó a depender del reino de Valencia.

En el siglo XII (entre 1167 y 1170) ibn Mardanis, rey de Murcia y Valencia, más conocido como el rey Lobo, cedió Albarracín a Pedro Ruiz de Azagra, un caballero navarro que prestaba sus armas al servicio del rey musulmán. Pedro Ruiz de Azagra levantó un señorío independiente de Castilla y de Aragón que contaba con obispado propio y que perduró durante seis generaciones, hasta 1284, año en que Albarracín se sometió al dominio aragonés.  En 1300, el rey Jaime II de Aragón incorporó las tierras al realengo y dió a Albarracín título de ciudad.

En tiempos del Cid, era aún capital del reino bereber de los Banu Razín. En 1088, en Calamocha, el Cid recibió en su campamento una embajada de la taifa, fruto de cuyas negociaciones el reino se hizo tributario suyo. Hasta 1093 la relación con la taifa fue de cierta supeditación al Cid, pero al advertir Rodrigo que el rey de Albarracín pretendía conquistar Valencia, sobre la que él ya ejercía su protectorado, lanzó un ataque de represalia contra sus territorios en septiembre de 1093: en una refriega en los alrededores de la ciudad el Cid recibió un grave lanzazo en el cuello que estuvo a punto de costarle la vida.

En el Cantar, Albarracín aparece como un punto neutral: tras la conquista de Valencia, el Cid envió a Muño Gustioz, Pedro Bermúdez, Martín Antolínez, don Jerónimo y 100 caballeros a Medinaceli, donde les esperaban ya Jimena y Álvar para ir a Valencia. Camino de Medinaceli, la escolta pasó por Albarracín, cruzando su territorio pero durmiendo en Bronchales. Años después, tras casarse con los infantes de Carrión, las hijas del Cid y sus esposos, camino de Castilla, durmieron en la ciudad.

 

Qué ver y hacer

Muchas cosas se han dicho de Albarracín; de todas, el viajero puede retener que es una de las poblaciones más bonitas de España, y su visita no le dejará indiferente. Ubicada en los Montes Universales, sobre el profundo tajo que crea el río Guadalaviar, no ha perdido su estampa de evocación medieval. Está situada en un marco natural impresionante, a 1.171 metros de altura, y posee un clima de sierra.

El pueblo se extiende sobre una pequeña península rocosa que delinea el meandro del río Guadalaviar. La escasez de terreno propició la apariencia actual de la ciudad: calles estrechas y casas escalonadas en cuyas fachadas predomina el yeso rojizo tan característico de Albarracín. El paseo empinado por la ciudad, adaptado a la topografía en la que se asienta, es altamente recomendable: callejuelas y pasajes, escalinatas, aleros imposibles y rejerías se suman al buen número de edificios singulares y monumentales, entre los que destacan la catedral y numerosas mansiones señoriales.

El viajero cidiano reparará sin duda en las construcciones defensivas, los tentáculos de las murallas se extienden protegiendo la ciudad y su alcázar de origen islámico. Las murallas originales datan de los siglos X y XI; aunque se hicieron numerosas reformas en los siglos XIII y XIV, aún quedan restos islámicos.

Albarracín es también inicio de numerosas rutas senderistas y excursiones por una sierra de alto valor paisajístico y medioambiental. El viajero que descanse varios días en la ciudad podrá descubrir cañones, barrancos, roquedales, y bosques de gran diversidad florística y faunística.

 

Además, no puedes perderte...

 

Información práctica

Rev. ALC: 29.10.18