Por el Camino del Cid, hacia el fin del mundo: atravesando el páramo de Layna y el valle de Arbujuelo

23-09-2015

Alberto Luque Cortina

La semana pasada nos dimos una vuelta por uno de los tramos emblemáticos del Camino del Cid, entre Medinaceli (Soria) y Maranchón (Guadalajara), tramo incluido dentro de la ruta Tierras de Frontera, y de una intensidad y una belleza "a ras de suelo" muy poco frecuente.

Nuestra idea era probar la nueva señalización BTT que hemos colocado en este tramo, y que marca las variantes a la ruta senderista cuando esta se pone dificultosa para los ciclistas. Para ello decidimos ir desde Medinaceli a Maranchón por la ruta cicloturista (por carretera) y regresar por la ruta BTT (principalmente por caminos rurales). Ambos trazados, aunque corren paralelos y a veces se entrecruzan, son increíblemente diferentes, y aquí os lo contamos.

Medinaceli, la ciudad del cielo

No vamos a contaros nada de Medinaceli que no sepáis, o que podríais fácilmente saber si entráis en nuestra web: es un conjunto histórico artístico muy armonioso. Su situación en un alto, y en el entronque de varios valles, hizo que estuviera poblada desde la Antigüedad. Los romanos dejaron allí un arco muy esbelto, de triple arquería y en buen estado de conservación.

Durante los tiempos del Cid, en el siglo XI, Medinaceli fue una fortaleza islámica de frontera: uno de esos acantonamientos militares que servían para vigilar las fronteras y reclutar rápidamente hombres para las aceifas -ataques de castigo- que periódicamente se lanzaban desde Al Andalus sobre los territorios cristianos del norte. Sabemos, por ejemplo, que el Cid venció a un guerrero musulmán de Medinaceli en combate campal. Este tipo de combates individuales servían para dirimir con rapidez los litigios entre ambos bandos, que evitaban así el coste económico de movilizar un pequeño ejército y la más que posible pérdida de recursos humanos en el enfrentamiento.

En el Cantar de mío Cid, escrito un siglo después de la muerte de Rodrigo, Medinaceli aparece como plaza castellana (y así era en aquella época), aunque mantenía su carácter fronterizo, y la cita en varias ocasiones. Aquí, por ejemplo, se alojan las hijas del Campeador y Álvar Fáñez a la espera de que llegue una escolta que les conduzca a la recién conquistada Valencia. El Cantar insiste en varias ocasiones en el recorrido que hacían los viajeros, y que consistía en atravesar el "Campo Taranz" (lo que hoy es el Páramo de Layna) y el valle de "Arbuxuelo".

Para tener una idea de la ruta que vamos a hacer nos situamos en el arco romano (os adjuntamos un par de fotos): la ruta cicloturista nos llevará a Maranchón por la carretera que atraviesa el páramo de Layna, a unos 1.200 metros de altitud, mientras que el regreso, por la ruta BTT, lo haremos por el fondo del valle.

El páramo de Layna: un pequeño fin del mundo

La subida al páramo, que realizamos por una buena carretera salvando 200 metros de desnivel, nos permite entrar con plena conciencia en un espacio natural fascinante, casi lunar. El páramo de Layna se encuentra al sureste de la provincia de Soria, lindando con la provincia de Guadalajara. Se trata de un Espacio Natural Protegido, una paramera de inviernos duros, veranos secos y fuertes vientos que, cuando corren en sentido contrario, obligan al ciclista a realizar un doble esfuerzo, como es nuestro caso. No se observan árboles altos: la Naturaleza les impide crecer. Los arbustos no se elevan más allá de los 30 cm. Olfateamos, al capricho del viento, la presencia de un buen número de plantas aromáticas.

En este entorno tiene su hábitat la alondra Dupont o ricotí: una ave rara de ver, por lo que este lugar es muy apreciado por los ornitólogos. Más común es la collalba, que revolotea a nuestro alrededor y nos alegra la subida. También podemos ver los rastros de numerosas tenadas y cercas de piedra que suponemos servían de refugio al ganado, pero que hoy son sólo cicatrices de piedra que pronto se harán invisibles. Pedalear por aquí tiene algo de onírico. No hay nada que enturbie la vista. En ese vasto silencio, solo interrumpido por el viento que azota los arbustos, uno cree estar en un pequeño fin del mundo.

La carretera está jalonada por pequeños refugios de pastor: se trata de sencillas construcciones de piedra, ligeramente abovedadas, cuya finalidad era proteger al pastor de los vientos y de la lluvia y la nieve, además de servir de refugio para dormir, pues era costumbre que el pastor no se separase del rebaño. Nos bajamos de la bici y entramos en uno de esos chozos donde casi ni cabemos: es la mejor manera de comprender el temple de aquellos hombres anónimos y la dureza de las condiciones en que vivieron. Eso forja carácter, como habrás comprobado si ya has recorrido el Camino del Cid.

Llegamos a Maranchón por un alto donde extrañamente sobreviven los humildes chozos entre los generadores eólicos y las torres de repetición. Maranchón es un pueblo muy bonito, con cierto aire decadente de balneario del siglo pasado y casonas de buena piedra sillar.

Por el valle de Arbujuelo

Iniciamos así el regreso a Medinaceli por la ruta para bicicletas de montaña. Hace muy poco hemos colocado la señalización BTT siguiendo los criterios internacionales de IMBA. Los trabajos de señalización que ha realizado UTM Desarrollos son muy precisos, y volamos con nuestras bicis siguiendo las balizas que nos conducen en descenso, por anchas pistas y entre molinos de viento, hasta Layna.

Layna es conocida entre los arqueólogos por su famoso yacimiento de Cabezo Redondo, un poblado de grandes dimensiones de más de 3.500 años de antigüedad, lo que demuestra la importancia, hasta el siglo XX, de este territorio como vía de comunicación entre valles. Nosotros nos paramos a descansar al amparo del tronco muerto de un viejo olmo. Aunque era un árbol muy presente en nuestra geografía, en el siglo pasado la grafiosis acabó con los grandes olmedos. Hoy es difícil encontrar por aquí un ejemplar adulto de grandes dimensiones, y por eso nos gusta que los vecinos de Layna hayan decidido conservar su memoria.

Desde Layna nos dirigimos a Urex de Medinaceli y desde allí regresamos a la carretera del páramo, pero esta vez para desviarnos por un camino hacia el valle de Arbujuelo. Antes de iniciar el descenso nos paramos a contemplar las luces de atardecida que engrandecen el valle. Al fondo, sobre un alto, se perfilan las siluetas del castillo y la torre de Medinaceli. Hay algo mágico en esta visión. Sabemos que estamos pisando un territorio histórico, recorrido y habitado desde la Antigüedad; por aquí anduvieron el Cid, Almanzor, el general Galib...

Nos gustaría quedarnos allí, pero las sombras se nos echan encima, así que apretamos el paso para llegar al pueblo de Arbujuelo, no sin antes ceder el paso a un jabalí que, indeciso, duda entre darnos o no la preferencia.

Desde Arbujuelo volamos a Salinas de Medinaceli, a los pies de la vieja ciudad de Medinaceli, donde aún pueden verse las albercas donde se obtenía la sal ya en época medieval. La sal fue un importante recurso durante la Edad Media: no sólo contribuía a mejorar la dieta miserable de hombres y animales, sino que era esencial para la conservación de los alimentos. Ha oscurecido pero aún podemos ver las últimas luces del ocaso reflejadas en las albercas: una especie de piscinas muy anchas pero de escasa profundidad para favorecer la evaporación que permite la concentración de salmuera en el fondo.

Y así llegamos a nuestro destino. Han sido sólo 72 kilómetros, pero muy intensos, libres de aglomeraciones, plenos de sensaciones. Un pequeño lujo al alcance de cualquiera. La próxima cita, en Puebla de Arenoso.

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