El Cid Campeador: de la leyenda al guerrero histórico (2ª parte)

29-11-2019
Preparados para la batalla. Imagen de la Batalla de Atapuerca (Burgos). Autora: Begoña Palacios García

Fernando Pinto Cebrián
Doctor en Historia
Universidad de Valladolid

 

(Viene de la primera parte del artículo. Pincha aquí si quieres leerlo)

El pensamiento militar del Cid Campeador 

En general, el pensamiento militar de una figura castrense se obtiene de la suma de los datos aportados por sus hechos de guerra, sus escritos personales si los hubiera, complementados por los datos biográficos del citado. En nuestro caso los datos importantes han de ser extraídos del análisis de su actividad bélica expuesta por diversos autores estudiosos de los textos medievales que la recogen con rigor histórico.

Un pensamiento que en su conjunto nos ha de dar las razones de su forma de planear y conducir las operaciones en relación con sus ideas estratégicas cuando las hubiera y su manera de actuar en los combates de acuerdo con sus tácticas preferidas.

Detalle del mural que el pintor Vela Zanetti dedicó al Cid y sus hombresDetalle del mural que el pintor Vela Zanetti dedicó al Cid y sus hombres
No extraña que muchos autores hayan considerado que el Cid, prototipo del guerrero medieval, fue un genio militar en el que “confluían la inteligencia, la astucia y el valor a partes iguales” (MARTÍNEZ, 1999, pp. 428-431) y tampoco que fuera ensalzado como tal por algunos militares dedicados a la historia militar; entre estos últimos, Gárate Córdoba lo definió como “ejemplo para el militar de hoy, como lo fue para el ayer” (GÁRATE, 1967, p. 113), definición moralizante luego extendida por Alonso Baquer (BAQUER, 1969, pp. 19-38); autores que coinciden con un periodo franquista en el que el peso de la moral militar como elemento resolutivo en la guerra estaba por encima de los aspectos técnicos que ya primaban desde las guerras europeas del siglo.

Pero, al margen de tales consideraciones laudatorias el pensamiento militar cidiano en cuanto al Arte o Ciencia de la Guerra no quedó completado y, en consecuencia, el mismo, inexplicablemente, no ha sido reflejado en los textos de Historia Militar de las Academias Militares.

Para acercarnos a él, inicialmente plantearemos las etapas guerreras por las que el Cid fue pasando hasta el final de sus días. Tres etapas (BAQUER, 1964, pp. 39-40) sucesivas con marcadas diferencias entre ellas que, en evolución, fueron condicionando, desde su forma de guerrear, su pensamiento bélico:

  • De 1063 a 1087, desde los 15 a los 39 años, aproximadamente .
  • De 1087 a 1094: En el destierro, de los 39 a los 46 años. 
  • De 1094 hasta su fallecimiento en 1099, con 51 años. 

A continuación, en el camino marcado, analizaremos sucintamente las acciones militares cidianas más significativas en cada una de ellas, atendiendo a la tipología de la acción al margen un tanto de la cronología, al objeto de determinar los rasgos esenciales de su pensamiento castrense, de su pensamiento como guerrero en la acción.

Primera etapa

Durante ella, el Cid actúa como noble bajo la autoridad real (Sancho II o Alfonso VI) o de otros Señores (reyes de la Taifa de Zaragoza), contando en todo caso con una base territorial desde donde iniciar las acciones, desde donde recibe el apoyo logístico para las mismas y a la que puede regresar terminada la acción. 

 Fue una etapa de aprendizaje en la que asimila la lucha entre cristianos y las formas de hacer de los africanos durante su estancia de seis años en Zaragoza de ahí su pericia en el combate.

"La primera hazaña del Cid", Juan Vicens Cots"La primera hazaña del Cid", Juan Vicens Cots
Participa, siguiendo la estrategia medieval del momento, en acciones militares tácticas diversas, mitad mora y mitad cristiana, con pocos efectivos dentro de campañas estacionales de corta duración: incursiones periódicas por territorio enemigo (cabalgadas con misión de destrucción o de saqueo), entre ellas, por ejemplo la realizada en tierras de Toledo en 1081 con objetivo económico que le valió el destierro por haberla emprendido a espaldas de Alfonso VI en un territorio tributario del mismo, o bien la de 1087 para facilitar la caída del castillo de Murviedro, bajo el control del rey de Lérida, y Denia, pequeñas plazas sin necesidad de plantear un cerco; acciones de socorro a plazas sitiadas y algunas batallas a campo abierto en las que “la astucia [suplía] a la fuerza y el número” (BAQUER, 1964, p. 38).

En todas las que participó: Graus (1063), Llantada (1068), Golpejera (1072), Cabra (1079), Almenar (1082) y Morella (1084), demostró su valía, arrojo y osadía, sin llegar a ser temerario, adquiriendo fama como guerrero. 

Cualidades completadas con una visión profesional del terreno y de la acción posible que le lleva a planificarlas, adaptándose con prudencia medida a la realidad teniendo en cuenta la calidad y la cantidad de las fuerzas en presencia, de forma que se permitía actuar incluso en situaciones de desventaja ante el enemigo o en terreno poco favorable con la finalidad, no de destruir al enemigo, sino de alcanzar o defender un objetivo estratégico determinado como conservar un espacio o conquistar o defender un punto fuerte, o bien rechazar las incursiones enemigas o defenderse en el caso de las propias incursiones  

Como ejemplo en cuanto a batallas planteadas teniendo en su centro un asedio, en la batalla del Castillo de Graus (1063 o 1064?), su primera batalla campal,  los castellanos y zaragozanos intentan recuperar el castillo, punto fuerte estratégico que había sido ocupado por tropas aragonesas de Ramiro I, lo que provocó la salida de fuerzas enemigas de la fortaleza y con ella la batalla que terminó con la victoria de las tropas sitiadoras del primogénito de Fernando I de las que formaba parte el Cid. Victoria lograda en carga frontal y a través, según se cuenta, de la argucia de infiltrar entre las líneas enemigas un guerrero vestido de cristiano que acabó con la vida de Ramiro I.

Asimismo, en la batalla del castillo de Almenar (1082), en la que antes de empeñarse en ella teniendo en cuenta la superioridad enemiga (huestes del rey de Lérida y de los condes catalanes) aconseja a su señor en ese momento, el rey de Zaragoza, al-Mutamin hijo de al-Muqtadir, buscar una negociación y evitar el encuentro. Sin embargo, dado que los asediados no querían tal negociación y viendo que el dominio de la plaza era de alto valor estratégico (cerca de la capital enemiga) al final se acudió a la batalla alcanzando la victoria con una carga frontal en la que fue hecho prisionero el conde Berenguer Ramón.

Respecto a aquellas batallas cuyo objetivo era frenar la acción de desgaste de una incursión, la de Cabra (1079) y la de Morella (1084) sirven de ejemplo, ya que en la primera el Cid busca poner fin a la campaña-incursión, previo mensaje de amenaza, del conde García Ordóñez, uno de los magnates más cercanos a Alfonso VI,  y los granadinos de Abdallah por el territorio de la taifa sevillana de al-Mutamid con una hueste organizada a tal fin y, en la segunda, el rey de Aragón con la suya busca acabar con la incursión del Cid por sus territorios.  

Fuera de la tipología de las batallas habituales citadas hay que apuntar aquellas que no fueron buscadas, aunque si aceptadas obligatoriamente por condicionamientos de índole superior, como ocurrió en las batallas de Llantada (1068) y Golpejera (1072), en las que el encuentro campal se hace, previo acuerdo del lugar y del momento, así como medios a emplear, para dirimir un conflicto político.

En ellas se trataba del enfrentamiento entre los hermanos Alfonso VI de León y Sancho II de Castilla al objeto de evitar la división del reino a la muerte de Fernando I; así mediante la batalla el vencido, cosa admitida previamente, entregaría su reino al vencedor (en este caso la batalla tuvo como resultado la reunificación, con Sancho II como vencedor, y el exilio de Alfonso VI en Toledo).

Segunda etapa

En esta etapa, de intensa actividad militar, sus fuerzas operan bajo su mando directo, pero sin base territorial a la que regresar ni en la que vender y redistribuir el botín adquirido, y sin recibir más apoyo logístico que el que obtiene del territorio enemigo. 

En esta nueva situación su hueste (fuerzas en constante movimiento) está en estado permanente de guerra, viviendo de ella sobre el terreno (guerreando o preparándose para la siguiente acción militar), buscando lo que necesitaba allí donde estuviese, actuando tanto por las armas como por la simple amenaza cuando sus fuerzas eran superiores a las del enemigo.

Preparados para la batalla. Imagen de la Batalla de Atapuerca (Burgos). Autora: Begoña Palacios GarcíaPreparados para la batalla. Imagen de la Batalla de Atapuerca (Burgos). Autora: Begoña Palacios García
Así pues, muchas de sus acciones estuvieron orientadas a la obtención de recursos para sus fuerzas, por lo que predominan, siendo casi una rutina, las pequeñas correrías, incursiones de corta duración, cabalgadas y algaras con objetivo logístico (robos, saqueos y cautiverios), amén del de destrucción tales como la de 1088 por tierras de Calamoche, Albarracín, Sagunto, Torres, Alpuente, Requena; la de 1089-90 por Denia, Tortosa y Lérida, que termina en la batalla de Tévar (32 kilómetros al norte de Morella, en la provincia de Castellón), siendo su estrategia en aquel momento la de supervivencia, buscando, amén de la destrucción, botín e imposición de tributos (parias).

O, asimismo, la de 1092 por tierras de La Rioja, buscando crear otro frente que distrajera la atención de las fuerzas de Alfonso VI que, con pisanos, genoveses y castellanos, asediaba Valencia.

Y las incursiones realizadas antes del sitio a Valencia desde las cercanías de Jubilla (fortaleza tomada luego en 1093 y empleada como base de operaciones), hasta dos diarias, al objeto de desgastar, mediante el robo de ganado, los recursos de los valencianos y bajar su moral haciendo prisioneros, esta vez con el objetivo estratégico de obligarles a negociar la rendición de la ciudad en manos de los almorávides.

Otras también con objetivo punitorio, como la realizada en 1093, durante el asedio a Valencia, contra el rey Taifa de Albarracín, tributario del Cid (parias y suministro de víveres), por ponerse en contacto con el rey de Aragón y caber la posibilidad de rotura del acuerdo establecido.

No obstante, también acudió a algunas batallas campales, cuando la necesidad lo exigía, como en el Pinar de Tevar (1090), batalla de carácter defensivo, pero sin aferrarse al terreno, en la que se enfrenta al rey de Lérida y a sus aliados catalanes que tratan de frenar la incursión cidiana por sus tierras. En ella el conde de Barcelona, Berenguer Ramón, que conocía la forma de combatir del Cid quiso sorprenderle atacando de noche desde posiciones altas que rodeaban el campamento cidiano, sin embargo, el Cid logró reunir sus tropas y forzando uno de los desfiladeros coge de revés y desbarata las fuerzas del conde al que captura. Batalla desde la que el Cid inicia su propia campaña estratégica (BAQUER,1964, p. 30).

En todo caso sigue, como en la etapa anterior, planificando sus acciones para aprovechar todas las ventajas que el terreno le ofrece y aquellas del enemigo al que se enfrenta, aunque éste fuera superior en número.

Tercera etapa

Y esta, tras la conquista de Valencia, en la que aplicó toda su experiencia anterior en asedios , tras diecinueve años, sigue ostentando el mando supremo contando, desde el dominio de la ciudad, con una base territorial, un espacio político, desde donde operar. 

En esta nueva situación precisó de expediciones de nivel estratégico para consolidar y mantener su dominio territorial al objeto de frenar la presión de los poderes musulmanes en sus inmediaciones convirtiéndose, como en el caso del señor de Valencia, al-Qadir, antes de la conquista (1088), en garante de la integridad de sus tierras a cambio de que éste sufrague los gastos de sus mesnadas, además de otras acciones para atender al apoyo logístico requerido por sus fuerzas. Es pues una etapa de aplicación estratégica y de una táctica ajustada a sus fines.

Ante la presión pues del ejército almorávide sus fuerzas continúan en estado permanente de guerra y sigue también aceptando o buscando, dentro de la estrategia medieval habitual, batallas campales (Cuarte en 1094 y Bairén en 1096-97), en las que reconoce posibilidades de éxito a pesar de contar con inferioridad de medios.

Es el caso, por ejemplo, de la batalla de Cuarte (1094), con el objetivo estratégico de mantener el dominio sobre Valencia, y teniendo en cuenta que la superioridad de fuerzas estaba del lado almorávide, el Cid sopesa lo pros y los contras y decide efectuar una salida de Valencia por el sureste para decidir la suerte del asedio a la ciudad, logrando que levantaran el sitio iniciado días antes. 

En este caso el Cid se aprovecha de las debilidades de un enemigo que se encontraba falto de moral, añadiendo a sus incertidumbres el rumor de que había establecido acuerdos con Alfonso VI de Castilla y de León o con Pedro I de Aragón, de forma que en cualquier momento podían llegar fuerzas de socorro. 

En estas condiciones, el Cid envía en secreto parte de sus fuerzas a las proximidades del campamento almorávide aprovechando una vaguada que ocultaba el movimiento de sus fuerzas y con el resto finge, una vez acercado al enemigo, huir hacia las murallas, momento en el que el campamento es atacado en tropel con lo que los almorávides llegan a creer en la presencia de un ejército de socorro al Cid lo que permitió que el enfrentamiento se decidiera a su favor provocando la retirada de los almorávides hacia el mar.

Gráfico de la estrategia seguida por el Cid en la Batalla de Cuarte (Imagen: www.commons.wikimedia.org)Gráfico de la estrategia seguida por el Cid en la Batalla de Cuarte (Imagen: www.commons.wikimedia.org)



En la batalla de Bairén (1096-97), la situación cambia ya que, al Cid, ahora aliado de Pedro I de Aragón, no le queda más remedio que aceptar una batalla que quería rehuir por estar en inferioridad de condiciones, tropa en menor número y terreno difícil. 

Rehuía la confrontación en cuanto que su objetivo prioritario era abastecer a Peña Cadiella, en la Sierra de Benicadell, en peligro ante la presencia almorávide que, con campamento entre Gandía, Játiva y Cullera, trata de impedirlo saliendo desde Játiva a su encuentro.

El Cid, conocedor de sus intenciones, se dirige hacia los llanos de Gandía donde las tropas almorávides de Yusuf, mandadas por su sobrino Mohamad, le detienen entre las tierras altas, faldas del Monduber, donde se ubicaba el campamento enemigo, y la costa, con la presencia en el mar, en la Rada de Bairén, de barcos musulmanes, con lo que no le queda más remedio que entrar en combate efectuando una carga frontal contra las tropas que le cierran el paso a las que empuja por el estrecho desfiladero de Bairén ocupado a su salida por fuerzas provenientes de Valencia.

Posteriormente, conquista de Murviedro y Almenara (1098; tras tres meses de asedio) para eliminar la amenaza almorávide sobre Valencia. 

Conclusiones

Con lo expuesto, se ha tratado de definir, en esquema, la realidad bélica del personaje histórico.

El Cid pensaba como un guerrero medieval y sus campañas contra los musulmanes en servicio recompensado por el monarca o bien en aquellas propias buscando botín, formaban parte de su naturaleza nobiliaria. Un guerrero que, habiendo aprendido a combatir tanto de los cristianos como de los moros (SEMPERE, 1947, p. 229), conocía bien su profesión, por lo que sabía de disciplina, del valor de la jerarquía, de los medios a emplear en la acción, de cómo organizar sus fuerzas, de cómo intuir la potencialidad del enemigo, de cómo valorar el terreno y de cómo mover sus fuerzas; elementos necesarios para enfrentarse con un enemigo y procurar la victoria. 

Imagen de la estatua del Cid de Vivar (Burgos)Imagen de la estatua del Cid de Vivar (Burgos)
Así pues, su pensamiento militar, estratégico y táctico, era el propio de su tiempo siendo competente en todas las actividades emprendidas en ambos niveles ya fuera en guerra de desgaste, bloqueos a fortalezas y ciudades o campañas de destrucción, de saqueo, castigo o distracción o en las batallas consecuentes.

Sin embargo, fue un guerrero que estuvo por encima del concepto que sobre tal se tenía en su época, ya que mientras los demás dudaban en entrar en batalla campal, el Cid, conocedor de sus fuerzas, tras estudiar al enemigo, sus debilidades, errores cometidos, su potencialidad, así como el terreno en el que se iba a desarrollar la acción buscando sus ventajas e inconvenientes, la aceptaba o la buscaba, incluso cuando contaba con fuerzas inferiores, planificando siempre la acción con rapidez, con prudencia y osadía calculada.

En resumen, su gran capacidad para analizar y evaluar la situación, su facilidad para adaptarse a la misma (no tenía un modelo de” táctica genial” (GARCÍA, 2000, p. 398)) y su acierto en la decisión adoptada en tiempo oportuno sería la base de sus éxitos militares y lo que le dio su fama posterior de genio militar. De ahí el apodo de Campeador: “vencedor de batallas”.

De todas formas, con sus batallas a campo abierto no buscaba, dentro de la estrategia medieval, la destrucción del adversario sino la consecución de los objetivos habituales: el desgaste militar del adversario y el control del espacio, conquistando ciertos puntos fuertes (asedios), o impidiendo al adversario su ocupación (defensa de los asediados); así mismo, llegaba a plantear batalla contra fuerzas enemigas incursoras con idea de castigo y de recuperación de lo robado si fuera posible, o bien defenderse de aquellas fuerzas que trataban de detener su incursión. Asimismo, se han apuntado algunas batallas no buscadas, aunque aceptadas por el Cid por condicionamientos superiores.

Pero la actividad bélica del Cid no se tiene que reducir a las batallas campales, las más empleadas por los historiadores militares o de tema militar para buscar sus capacidades guerreras, sino que participó en gran cantidad de incursiones, cabalgadas, algaras, etc., que, en general, tiempo atrás fueron despreciadas por aquellos por lo que no solían aparecer en los textos. Era pues un maestro en la guerra guerreada, en incursiones rápidas de saqueo y de castigo.

En cuanto a los recursos tácticos empleados por el Cid, del análisis de su actividad bélica, destaca lo siguiente: 

  • Evaluaba correctamente la situación táctica efectuando previsiones sobre los movimientos del enemigo.
  • Decidía y planificaba la acción con rapidez asumiendo prudentemente caso necesario los riesgos inherentes a la inferioridad de fuerzas.
  • Sabía organizar sus fuerzas de acuerdo con la acción. Unas fuerzas disciplinadas que le siguen permanentemente sin más recursos que los obtenidos en su guerrear y que con el paso del tiempo fueron creciendo en número, desde unos cientos iniciales a varios miles al final de su vida.
  • Aprovechaba el terreno en todas circunstancias, para sacar ventaja de sus movimientos y maniobras ante el enemigo, sobre todo cuando las fuerzas de éste eran superiores a las suyas.
  • Estaba atento siempre a la seguridad; amén del empleo de atalayas y escuchas nocturnos, acostumbraba a dividir su hueste en una avanzada y una zaga y, caso de carga aplicaba la táctica de la tornada: repetición de la carga de vuelta (MARTÍNEZ, 2001, p. 120).
  • Buscaba multiplicar el efecto de la carga de ida. Pero tampoco se ataba a la carga frontal, sobre todo si las fuerzas enemigas eran superiores realizando entonces maniobras o acciones de distracción, rápidas y por sorpresa y, para dividir las fuerzas enemigas y equilibrar potencialidades, así como acciones de desinformación difundiendo rumores falsos para confundir y desmoralizar al enemigo.
  • La preparación de sus acciones era cubierta en lo posible por el secreto para actuar luego por sorpresa y con rapidez.
  • Difundía noticias falsas a través de infiltrados en el enemigo para sacar ventaja de sus errores de evaluación de la situación. Asimismo, realizaba movimientos falsos de huida para engañar al enemigo y llevarle al desastre en emboscadas previamente preparadas.
  • Realizaba acciones y maniobras de distracción para desviar la atención del enemigo y, en su caso, dividir las fuerzas enemigas.

En definitiva, era un guerrero profesional destacado, un genio militar de la guerra medieval de su tiempo y bajo ningún concepto un “guerrillero de fortuna” o “mercenario” .

El Cid en la batalla del arrabal de la Alcudia (Composición de D.J. de Méndez)El Cid en la batalla del arrabal de la Alcudia (Composición de D.J. de Méndez)


Por último, haremos abstracción de su tiempo y trasladaremos al actual sus cualidades bélicas, tal y como se hace en los estudios militares, al objeto de extraer enseñanzas de su pasado.

De acuerdo con lo expuesto, si comparamos lo que detectamos en sus acciones con los principios fundamentales actuales del Arte de la Guerra, considerados permanentes y necesarios para evitar la derrota, podemos ver que el Cid, sin conocerlos, los aplicaba siempre al estar asentados en su sabiduría bélica.

Así en ellas hay “voluntad de vencer”, “libertad de acción” y “capacidad de ejecución”, principios completados operativamente con la seguridad, el secreto, la sorpresa, la economía de medios, la acción de conjunto, la flexibilidad y el aprovechamiento de toda situación favorable.

Asimismo, en su correcta aplicación, contaba con lo que en el siglo XIX se acuñó en los tratados y diccionarios militares como importante cualidad de un jefe en el combate: tener “ojeada militar”, es decir saber darse cuenta con rapidez y prontitud de lo que le rodea en el combate para poder decidir con acierto.

En resumen, fue un genio militar fundamentado en su prudente capacidad para ver con rapidez y acierto la realidad de la situación bélica, en su osadía a la hora de tomar decisiones y en su habilidad en la ejecución, unido a su valor personal y destreza en el combate.  

Bibliografía:

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