San Pedro de Cardeña


Mandad recoger la tienda y vayámonos apresurados,
en San Pedro de Cardeña, allí­­ nos cante el gallo;
veremos a vuestra mujer, discreta hijadalgo.
Versos 208 y ss. CMC

En San Pedro de Cardeña, según el Cantar, el Cid, antes de salir para el destierro, dejó al cuidado de su abad a Jimena y a sus hijas, doña Elvira y doña Sol (cuyos nombres reales fueron Marí­­a y Cristina). Cuna de la leyenda cidiana, fue el lugar donde reposaron durante siglos los restos del Cid y de su esposa Jimena.

El monasterio fue fundado por los benedictinos en 899, constituyéndose en un importante centro cultural y espiritual, especialmente en los primeros momentos de la construcción de Castilla. Del monasterio románico, saqueado en el 953 por el ejército de Abderramán III, aún queda la vieja torre del siglo X-XI y su claustro románico, del siglo XII.

Qué ver y hacer

San Pedro de Cardeña cuenta con una agitada historia, desde su fundación en los otrora agrestes paisajes de lo que luego serí­­a el reino de Castilla,  fue saqueado en varias ocasiones -ya por ejércitos andalusí­­es o por las tropas francesas en el siglo XIX-; abandonado en el año 1836 tras la desamortización, fue ocupado temporalmente por distintas órdenes religiosas; durante la Guerra Civil fue utilizado como campo de concentración de prisioneros republicanos. Finalmente, el 1 de mayo de 1942, se restauró la vida monástica por monjes cistercienses llegados del monasterio palentino de San Isidro de Dueñas.

Debido a estos avatares el monasterio carece de tesoros artí­­sticos de gran valor, pero sin embargo sus muros son en realidad un documento vivo de su historia, que el viajero curioso podrá descubrir con la ayuda de los monjes, siempre amables y hospitalarios, observantes de la Regla de San Benito. Por ejemplo, en su fachada austera, de origen barroco, puede verse una estatua del Cid en actitud muy similar a la representada en las imágenes de Santiago Matamoros: los desperfectos que se observan en ella son debidos a los disparos de las tropas francesas durante la ocupación. El saqueo francés afectó también a la tumba del Cid: los restos óseos fueron desperdigados por el templo e incluso sustraidos por los soldados que vieron en estos un valioso souvenir, razón por la que algunos museos europeos aseguran conservar hoy  huesos del caballero castellano.

La historia del cadáver del Cid es tan azarosa como su vida: muerto en Valencia, su cuerpo fue exhumado por Jimena poco antes de la conquista almorávide de la ciudad, en 1102, para ser enterrado con el paso de los años, en el monasterio, donde fue exhumado varias veces hasta su ubicación definitiva en la capilla-panteón del Cid, visitable, en la que pueden verse los sarcófagos del Cid y doña Jimena -esculpidos en el siglo XII por orden de Alfonso X el Sabio, descendiente lejano de Rodrigo, aún conservan pequeños restos de policromí­­a-, cenotafios de sus parientes y amigos, así­­ como diversos frescos y objetos de la época. Hoy los restos del Cid y su esposa se hallan bajo el crucero de la Catedral de Burgos.

Desde la iglesia abacial del siglo XV en la que se encuentra la capilla accedemos al claustro de origen románico. Es llamado de los Santos Mártires porque se identifica con el lugar donde, según la tradición, 200 monjes fueron asesinados por las tropas andalusí­­es de Abderramán III. Los capiteles originales están labrados en piedra de arenisca roja y decorados con motivos vegetales. También románica es la torre de principios del siglo XI, denominada popularmente de doña Jimena gracias a los versos del Cantar, que sitúan en Cardeña el refugio temporal a la mujer e hijas del Cid durante el destierro.

La fuerza del Cantar, poema en el que la historia y la ficción se entremezclan, ha sido tal que sin duda Cardeña puede considerarse el epicentro del mundo cidiano, lugar de historia y también de numerosas leyendas, como la de Babieca: a la salida, un monolito señala el lugar donde según la tradición fue enterrado el caballo del Cid. En 1949 el duque de Alba realizó allí­­ una excavación arqueológica, sin resultado.

Además, no puedes perderte...

Tras terminar la visita puedes comprar en el monasterio como curioso recuerdo una botella de Tizona, un licor digestivo aguardentoso de sabor peculiar no siempre al gusto de todos, de entre 38 y cuarenta grados, elaborado por los propios monjes a base de hierbas autóctonas. Los menos aventureros pueden optar por el Valdevegón, el vino que los monjes envejecen en las barricas de su bodega.

Información práctica

Rev. (PAB) 06.07.2016