El Códice de Vivar

El mayor de los cantares de gesta españoles de la Edad Media y una de las obras clásicas de la literatura europea es el que por antonomasia lleva el nombre de su héroe: el Mio Cid. Este cantar se ha conservado en su forma poética en un único códice, que actualmente se custodia en la Biblioteca Nacional de Madrid. Se trata de un códice en cuarto (con dimensiones medias de 198 × 150 mm), de 74 hojas (originalmente 78), elaborado con pergamino, posiblemente de cabra, grueso y de preparación algo tosca.

Consta de once cuadernillos, cosidos entre sí mediante cinco nervios y encuadernados con tabla forrada de badana barnizada de negro y estampada con orlas de oro (del que quedan muy pocos restos) y conserva parte de dos broches de cuero y metal con los que se mantenía cerrado. Esta encuadernación es del siglo XV y fue la segunda que experimentó el códice, sin que se tenga certeza sobre la fecha de la anterior, seguramente coetánea de su escritura. La impaginación o distribución del texto en la página se realizó mediante un pautado a punta seca en el primer cuadernillo y a punta de plomo (o quizá de plata) en los restantes. Dicho pautado está formado por dos líneas maestras verticales y otras dos horizontales, que delimitan una caja de escritura que varía entre los 174 x 121 mm y los 163 × 112 mm.

El texto está escrito a renglón seguido, con una media de 25 líneas por plana, en letra gótica libraria híbrida de notular y textual (también denominada cursiva formada), a una sola tinta (sin duda negra en su origen, pero que hoy se ve de color pardo), escrita sin lujo, pero con esmero.

Todos los versos se inician con una mayúscula gótica. En catorce ocasiones se emplean capitales lombardas de gran tamaño como iniciales ornamentales de sobria decoración, las cuales, sin embargo, no parecen desempeñar ninguna función específica en relación con el contenido. También hay dos ilustraciones que representan sendas cabezas femeninas de largas melenas, realizadas en el margen derecho del f. 31r, las cuales se ha pensado que podrían aludir a las hijas del Cid, allí mencionadas, aunque esto es muy inseguro, entre otras cosas porque la segunda cabeza es copia, con peor mano, de la primera, lo que hace pensar en un mero ejercicio de pluma, de los que pueblan los márgenes de los manuscritos medievales, antes que en una figura relativa al contenido.

Este manuscrito lleva una suscripción de copista que fija su realización en el año 1245 de la era hispánica, correspondiente al 1207 de la cristiana:

Quien escrivió este libro dél’ Dios paraíso, ¡amén!
Per Abbat le escrivió en el mes de mayo
en era de mill e dozientos cuaraenta e cinco años.

Sin embargo, el códice que nos transmite esta indicación no es de principios del siglo XIII, sino del siguiente, y probablemente deba situarse, por sus características paleográficas, entre 1320 y 1330. Cabe pensar, entonces, en que el copista sufrió un error o incluso en una alteración deliberada de esa suscripción. En realidad, los numerales aparecen en el texto original en cifras romanas, “mill. & .C.C.   xL.v• años”, con un espacio entre las centenas y las decenas que podría haber contenido una tercera C, lo que permitiría fechar el colofón en la era de 1345, es decir, el año 1307, una fecha más acorde con la que puede deducirse de la constitución material del manuscrito. Esta hipótesis fue la habitualmente defendida desde que Tomás Antonio Sánchez (con el auxilio de Juan Antonio Pellicer) publicó por primera vez el Cantar de mio Cid en 1779, y se convirtió en canónica tras la monumental edición de Ramón Menéndez Pidal aparecida en tres volúmenes entre 1908 y 1911. Sin embargo, para admitir esta hipótesis, hay que suponer que dicha C fue raspada para envejecer artificialmente el códice ya en la Edad Media, puesto que en la copia extraída en 1596 por el genealogista Juan Ruiz de Ulibarri (cuando el manuscrito se conservaba en el concejo de Vivar) la fecha se lee ya como en la actualidad, lo que supone un planteamiento anticuario ajeno a la mentalidad medieval y, por lo tanto, obliga a imaginar una operación anacrónica. Por otra parte, la posibilidad de inspeccionar el códice único en 1993 con un video-microscopio de superficie y una cámara de reflectografía infrarroja me permitió determinar que en realidad no había nada raspado en ese punto, por lo que no pudo haberse eliminado la supuesta tercera C.

Esto plantea la cuestión de por qué un manuscrito del siglo XIV presenta una suscripción fechada un siglo antes. Esta situación puede sorprender, con razón, a un lector moderno, pero en la Edad Media no era extraño, en particular en los scriptoria o talleres de copia de los monasterios benedictinos, que cuando un códice se copiaba, se hiciera íntegramente, es decir, conservando incluso el colofón del modelo seguido, a fin de saber de qué ejemplar antiguo procedía la nueva copia. Esto daba lugar a lo que técnicamente se denomina una subscriptio copiata, que obviamente no transmite los datos de producción (copista, fecha y a veces lugar) de un manuscrito dado, sino de su modelo. Esta posibilidad se ve reforzada teniendo en cuenta que muy probablemente el códice conservado procede originariamente del monasterio de San Pedro de Cardeña, donde estaba enterrado el Cid, lo que hace de la subscriptio copiata una operación normal. En todo caso, puede darse por seguro que el códice que se conserva procede de un modelo perdido que databa de mayo de 1207 y había sido escrito, es decir, copiado a mano, por cierto Per Abbat o Pedro Abad. Lo que hay que dejar bien claro es que ni la fecha es la de composición de la obra ni el nombre propio es el de su autor, puesto que se trata de una típica suscripción de copista, de las que se conservan otras muchas similares en multitud de manuscritos medievales.

Autor: Alberto Montaner Frutos